Jueves, 09 Febrero 2012

¿No hay nadie? (y 2)

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Por Kilian Cruz-Dunne

Mis amigos, que son más ilustrados que yo, me recriminan el anterior escrito publicado en esta sección. Sus observaciones giran en torno al nulo interés que la política despierta en la población y a la futilidad de hablar sobre ella; otros puntos de reflexión se articulan alrededor de la gran distancia que existe en este país entre lo que se dice y lo que se hace, de la nulidad del debate en un territorio donde se cae constantemente en el maniqueísmo y el espectáculo, se simplifica la realidad hasta lo absurdo y donde todos adoptan posiciones oportunistas (es decir, escribir ¿para qué?).

Soy consciente de ello pero me parece que, con la que está cayendo, uno no puede eludir pronunciarse sobre unos problemas que amenazan arrastrar no sólo a España sino a toda Europa. Porque cuando uno habla de política y de los temas acuciantes del presente (ajuste fiscal, reforma laboral, simbiosis financiera...), aborda también temas graves y profundos (sistemas educativo y judicial, nuestra idiosincrasia social latina tan lejana de la razón y la ecuanimidad...) que, en realidad, sustentan lo primero.

De ahí que haya que insistir en la necesidad de plantear los problemas en términos claros, tanto desde la perspectiva de la matriz cultural nacional, tan picaresca ella, como de la atalaya política. Porque de lo que hablo no es de un balbuceo, de una negación y de actuaciones políticas sin orden ni concierto. No. Hablamos de una crisis que destapa el acervo psicosocial de nuestra piel de toro ("con suerte, pasamos el bache y aquí no ha pasado nada"), que refleja el cómo escaquearse de la miradas europeas para seguir nadando en el dinero barato y deja al pairo la sonrojante actuación de la Administración (aquí una estación de Metro, aquí un AVE, porque somos amigos) y de las empresas privadas (ya se podía caer la casa, que por menos de seis mil euros nadie se movía ni te contestaba el teléfono). Pura pornografía social.

Ante este erial de la ética, donde la banalidad es sinónimo de éxito, mis amigos insisten: "para qué escribir". Pues quizá porque no sólo no sé hacer nada mejor, sino también porque hay que esparcir visiones diferentes de las cosas e ir a contracorriente de lo obvio, hacernos preguntas y escribirlas. En un país donde parece que la sociedad civil ha muerto, creo que todavía se puede tratar de influir en la vida pública y conseguir que un lector -mejor sería un puñado- sea capaz de leer el artículo entero y levantarse de la silla con una visión diferente de lo obvio.

Por todo ello, sigo demandando la figura de un estadista y, si me apuran, de un intelectual que fuese capaz de actuar por encima de autócratas, corruptos y sobornados, que ejerza su deber al son de la política y la justicia con mayúsculas, fuera de toda interferencia de las flaquezas o ambiciones de aquellos que actúan al albur del oportunismo político, de las encuestas y de las visiones cortoplacistas. Reclamo personas que huyan de la improvisación y la chapucería, que no caigan en la descoordinación informativa o en la más pura contradicción, que no quieran contentar a todos al mismo tiempo.

¿No hay nadie en España que tenga una visión de conjunto que nos permita salir de la crisis y que no niegue que el sol sale por Oriente? ¿No hay nadie que esté lejos de la frivolización política o de la torticera demagogia y pida el concurso de todos para salir de estos tiempos duros? Y no me sirve la añoranza de tiempos pretéritos, puesto que la memoria es frágil: Adolfo Suárez y Felipe González son ahora añorados, pero su ausencia de liderazgo propiciaron momentos muy amargos de nuestra historia reciente.

La suma de la perversión del talante de Zapatero a la chulería de la derecha y a la demagogia de la izquierda pura proporciona un caldo de cultivo ideal para que el tacticismo, el devaneo, la frivolidad y la doblez moral campen a sus anchas en medio de una gigantesca crisis de confianza. Y es momento de que esto termine: vienen tiempos duros y es hora de grandes hombres, antes de que cualquier imprevisible hecatombre proporcione una imprevista vía de entrada a cualquier extremismo irracional que nos abochorne a todos.

¿No hay nadie? (y 2)

¿No hay nadie? (y 2)


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Comentarios
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Luis R Salas  - Creo que no   |2010-06-22
Creo que todo eso que has escrito está muy bien, pero hace falta cambiar un pequño matiz. No es
tiempo de grandes hombre, sino de grandes mujeres (no mujeres grandes, que son las que me gustan a
mi). Los hombres ya han gestionado España durantes siglos y han llegado hasta aquí. Es el momento
de que alguna promujer (cielos, que feo queda eso y qué bien prohombre) tome las riendas de
nuestros destinos y dejen de una vez de ocuparse de pañales y tortillas de patatas. Es la única
esperanza que nos queda en este sistema. La alternativa, de no aprovechar este último recurso,
sería inevitablemente una revolución asamblearia (es decir, soviética), pero depurando
responsabilidades de verdad. Y si quedamos la mitad pues con esos trabajaremos para construir el
socialismo. Vale.
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