Editorial

Anónimo, trol y fantoche

{xtypo_dropcap}H{/xtypo_dropcap}ay ligeras diferencias entre los diversos personajes particularmente molestos que se extienden por Internet, y que pasan muchas horas al día comentando por aquí, por allá y por acullá.

Sin que nadie los invite ni aprecie sus “intelectuales” aportaciones, anónimos casi analfabetos y con mucho rencor e inquina, persiguen a famosos, periodistas, políticos, medios de comunicación, o cualquier otra persona relevante. El anónimo insultante tiende a volcar sus propias frustraciones en la red, y las expresa de formas muy diversas, siempre groseras e inaceptables. Podemos imaginar que el teclado de los ordenadores de estas personas estará muy sucio siempre y requerirá limpieza y mantenimiento constante, porque la mala baba mancha mucho.

El trol, un espécimen que últimamente se está extendiendo mucho en Twitter, tiende a vomitar su limitado vocabulario (“facha”, “perroflauta”, “caca”, “culo”, “no tenéis ni idea”, “pedo”, “pis”) siempre en contra de alguien a quien sigue con enfermiza vocación de paranoide, y lo sigue porque lo odia. Curioso, en lugar de dedicar su vida a la búsqueda de la felicidad, el trol se flagela leyendo cosas que le disgustan, disfrutando con su propio sufrimiento y reforzando ese dolor.

También están los fantoches, que muchas veces no son anónimos, al contrario van difundiendo con orgullo nominal y gráfico su propia ignorancia, de la cual parecen mostrarse muy satisfechos. Este último grupo es uno de los más difíciles de quitarse de encima, ya que su infladísimo ego no soporta que la víctima de su ira los ignore.

Los medios de comunicación, en especial aquellos que tienen versiones digitales de sus publicaciones, incluyendo este que usted está leyendo ahora, están en la obligación de filtrar la multitud de mensajes que llegan a los medios digitales relevantes, para evitar que, como decía el genial humorista Miguel Gila, esta nueva y fascinante realidad digital se convierta “en una mutua humillación de madres”.

Y de esta forma, además, facilitamos que el mensaje de los comentaristas legítimos y educados, que los hay por miles, no se diluya entre tanto ruido digital.

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