¿No hay nadie?

Escrito por Kilian Cruz-Dunne

Al margen de las desgracias que nos desbordan a nosotros, los ciudadanos, esta crisis se está erigiendo en un lesivo y nefasto tsunami para los intereses de quienes habitan en la izquierda. No sólo por el evidente desgaste de quienes ahora componen el Gobierno de Zapatero, sino por el amargo trago que este ataque frontal del neoliberalismo está suponiendo para aquellos que creemos -todavía- en el estado del bienestar.

A la desesperación política que conlleva esta suicida situación actual, se le suma la incredulidad de una amalgama de habitantes de un país, el nuestro, que ha visto cómo un ‘país cojonudo’ (“tranquilos, toda va bien y superaremos a Francia”) se ha trasvestido en un ‘entorno acojonante’ (“nos quedan dos días si no actuamos y lo vamos a pasar muy mal”).

Esta confusa y nunca aclarada mutación me empuja a romper el silencio sobre un tema sobre el que no tengo conocimientos sólidos, pero sí claras y diáfanas impresiones. Las durísimas consecuencias que conlleva la realidad -a pie de calle- de esta crisis económica no debiera amortajar nuestras bocas ni impedir expresar lo que sentimos cuando vemos el derrotero que llevan estos lodazales políticos, donde los protagonistas que más hablan son los que menos se aprietan el cinturón (altos cargos institucionales, directivos de grandes empresas, asesores, enchufados, etc…).

Si sabemos que los trabajadores necesitamos de los empresarios para que haya trabajo, y los empresarios necesitan a los trabajadores para que existan las empresas… ¿por qué no procuran arrimar todos el hombro, de una buena vez? Si los políticos entienden que la mujer del César no sólo tiene que ser decente, sino aparentarlo también… ¿por qué no se dedican a elaborar gestos y mensajes diáfanos para que los demás mortales veamos que todo va en serio y que todos estamos en el mismo barco? Si este tinglado financiero lo parieron unos pocos, ¿por qué lo hemos de arreglar todos los demás?

Si hemos perdido el norte y vamos hacia la deriva, ¿nadie es capaz de levantar la voz para decir con sensatez, serenidad y sentido común, qué hemos de hacer entre todos para arreglar este desaguisado? ¿No hay nadie con poder de persuasión, convicción e incluso erotismo político cómo evitar un trágico final del estado del bienestar? Y, sobre todo, ¿no existe una persona en la izquierda que posea el olfato político suficiente, bravo y valiente, para enfrentarse a la idolatría del nuevo neoliberalismo? Y no me digan que Zapatero es ese hombre. Ya no me sirve.

Ya no me vale porque el denominado ‘paladín de la socialdemocracia’ se ha visto desbordado por la tensión esquizofrénica de unos mercados a los que no sólo no atiende, sino que no entiende. A la desnudez de los hechos me remito para afirmar que el estrepitoso derrumbamiento de su estrategia de déficit y proteccionismo no sólo viene dado por un oscuro perfil psicológico sino por una falta de ‘sorpasso’ político, por una asoladora carencia de empatía con el ciudadano medio (por lo que hace con él y por cómo lo hace) y por una desgarradora aprehensión del poder (evidente en su falta de espíritu de equipo, patente en sus personalismos tanto en el triunfo como en la derrota).

Pero, ¡ojo! Quitar al César no significa dejar de creer en la república. La pérdida de solvencia de un líder no se convierte automáticamente en la falta de un mensaje de izquierdas. No. La salida de la crisis es posible sumando una serie de gestos responsables que evidencien la empatía con el ciudadano de a pie (máxima reducción de altos cargos y burócratas, mayores tributos a las rentas altas, exigente reducción de gastos vacuos -militares, festivos, corrientes, personales-, penalización del engaño al fisco, búsqueda y control del dinero negro…) sino aplicando con rigor un guión económico claro, conciso y consensuado.

Pero, ¡ajá! Aquí, la derecha debiera hacerse un imperativo gesto de constricción y encontrar a otro Bruto que elimine a su César. Porque cuando las aguas bajan turbias y violentas, quizás el capitán ya no sirva para tales maniobras: no es lo mismo navegar en el Pacífico que en el Mar del Norte.

Lo que es evidente es que así no podemos continuar. Dicen que el barco se hunde, que lo peor de la tormenta está por venir, y nadie es capaz de coger el timón cómo es debido: todo lo que vemos es un creciente rifirrafe entre grumetes, un capitán apocado y un lugarteniente menguado por sus intereses políticos a río revuelto. ¿A alguien le interesa lo sucedido en el pasado? No. Sólo es provechoso ya analizar el presente-futuro de nuestro entorno.

Al igual que en los partidos de fútbol, algún jugador deberá desatascar el partido y ‘fundirse’ en el esfuerzo por el bien del equipo. Siguiendo con las parábolas, un ejemplo histórico: Churchill no era un buen político pero era el que necesitaba su país para los momentos difíciles (y después, en tiempos de paz, no fue elegido). En este país cainita, pendenciero e inculto, ¿nadie es capaz de aprender por ejemplo de Rafael Nadal, de su constancia, de su esfuerzo, humildad y dedicación, para desatascar desinteresadamente nuestro modelo de país sin traicionar el espíritu de la izquierda y sin claudicar ante el tsunami neoliberal?