Perdidos en la tribu en Cuatro

Primero fueron anónimos que querían ser famosos y se encerraban en una casa de Guadalix de la Sierra, luego fueron anónimos que se iban de supervivencia al Caribe, después también fueron famosos (más o menos) los que vivieron la aventura por los trópicos. Un autobús recorrió España con émulos de Gran Hermano, unos VIP copiaron también a los de Guadalix en una especie de hotel, otros se tuvieron que hacer una casa para estar en nómina en Telecinco, hubo brujos o algo así metidos en un castillo, cantantes metidos en una academia, bailarines encerrados en otra… en fin una amplia gama de gentes que cedieron su intimidad a la mayor gloria del negocio televisivo a cambio de una migajas en forma de fama efímera y euros también efímeros, según parece.
El caso es que CUATRO riza el proverbial rizo y nos ofrece una versión del asunto ese de la supervivencia en territorio salvaje de un grupo de urbanitas occidentales, en esta ocasión, se llevan a la familia entera para rellenar la noche del domingo tras sus exitosos Callejeros que cansados de los barrios marginales ibéricos se dedican ahora a enseñarnos el mundo cámara en mano e inglés de Opening en boca. Son tres familias españolas de clase media fichados en Cataluña, Canarias y Toledo (Castilla La Mancha, por si alguien no lo tiene claro) que convivirán tres semanas con las tribus que el programa ha considerado oportunas, dos de ellas en Namibia y otra en Indonesia. Fue realmente divertido ver el aterrizaje de estas familias en las tribus, los sensatos comentarios de los indígenas contrastaban con las apreciaciones de los representantes del primer mundo, en plan “que calor hace en este desierto” o “vaya, que altas son las jirafas”. Uno de los cabezas de familia, albañil de profesión rápidamente hace migas con el jefe de la tribu que le ha tocado en el sorteo, clava los bailes tribales en pocos minutos, se ofrece a alicatarle la cabaña al jefe del poblado y ante la cámara declara lo más lógico que se puede decir en estos casos: aquí estoy y por tanto me tendré que adaptar (y rápido) a sus costumbres, comidas y normas. Allá donde fueres… en definitiva. La otra familia caída en Namibia recela algo más sobre todo en lo tocante a vestuario, pero parece que asumen el espíritu del programa y se adaptarán con mayor o menor entusiasmo a la convivencia, pese al hijo adolescente que no se quiere ensuciar las playeras que le regaló su novia, o la hija en edad de merecer que no piensa “ponerse en tetas, como éstas” en referencia a las mujeres de la tribu.
Pero queda la tercera familia trasladada hasta una remota selva asiática. En la presentación de los participantes, matrimonio y dos hijos de la mujer, ya se me representa quien va a ser la salsa del programa. Digamos para situar a los personajes que su lenguaje patibulario asustaría a John Silver y sus aguerridos piratas, se nos presenta una familia incapaz de terminar un parlamento sin incluir dos o tres improperios en cada frase, desde la mamá al pequeñín de la familia, todo un portento de buenas maneras y un ejemplo palmario de la necesidad de una educación para la ciudadanía o como se quiera llamar… Y el caso es que el crío se define como tierno amante de los animales, eso dará mucho juego en mitad de la selva, seguro.
El muchachuelo de doce años, se divierte mientras come la familia reunida propinando patadas a su padrastro (que daño hizo La Cenicienta a las segundas oportunidades para el amor) a quien llama “gordo gilipollas” ante la tierna mirada de su mamá y pega collejas a su hermano mayor mientras se ríe con la boca abierta y llena de comida, la inocente criaturita. El caso es que llegados a la selva, que en palabras del zagal huele a “mierda puta” e informados por el jefe de la tribu del menú del que dispondrán (basado en monos y larvas principalmente, la selva es lo que tiene) y de cuatro sencillas normas de convivencia que tendrán que seguir, el pre adolescente anuncia su intención de no probar bocado y provoca el desconsolado llanto de su madre, que ya se plantea su presencia en el programilla para no ver sufrir al niño. El caso es que esta madre tiene la oportunidad de hacer ver a su difícil niñito en veintiún días en la selva lo que otros no tendrán a su alcance aprender en toda una vida. Aprender a valorar lo poco o mucho que se posea en comparación a los que nada poseen, valoran sus oportunidades educativas en una sociedad avanzada frente a quienes jamás tuvieron la oportunidad de aprender a leer, conocer de primera mano lo difícil que para algunos no es ya llegar a fin de mes, sino sobrevivir un día más en condiciones extremas. Y darse cuenta de que para hablar de machismo (punto común en las tres familias) en estas sociedades, tendrán opinión mejor formada en tres semanas de convivencia y luego reflexionamos sobre el asunto con conocimiento de causa.
De manera que pienso seguir el programa para comprobar mi intuición: apuesto a que este muchachito será protagonista de esta primera edición junto con su permisiva madre, a quien auguro lágrimas a porrillo en defensa de la integridad de su infante, mientras las demás familias intentarán, con mayor o menor éxito, vivir una oportunidad única y llevarse unos duretes para casa en estos tiempos de crisis.
Y contemplar con melancolía a los nativos, quienes en distintos puntos del globo animan a los participantes a integrarse con respeto y trabajo en sus mundos para no volver a su país cubiertos de vergüenza y deshonor. Si ellos supieran lo poco que sus invitados valoran esos términos en el caso de que los conocieran, seguro que ofrecerían más morbo en forma de faenas inmisericordes a los pálidos europeos en las tres semanas que durará la aventura. No caerá esa breva.