Tricornios, silbatos y pancartas

César Román

Por César Román*

{xtypo_dropcap}A{/xtypo_dropcap} Rubalcaba se le quedaba cara de pocos amigos y dóberman casquista cuando recibió una pitada en el colegio de Valdemoro en la festividad del día del Pilar. Familiares, amigos y guardias civiles le recibían con silbidos y abucheos. A mí lo que menos me llama la atención de eso es la cara de Rubalcaba. Que les aplaudan y al día siguiente les pinten va intrínseco en el sueldo de los políticos. Y si no, que se lo pregunten a Aznar o a Zapatero. Pero lo que resultaba chocante, y por eso era noticia, es que eso se produjera en la disciplinada y siempre callada Guardia Civil. Desde su fundación, ni la república, ni la dictadura, ni la democracia han valorado suficientemente la abnegada labor de estos hombres y mujeres. Menos aún les han pagado los salarios dignos y acordes con su función y su riesgo. Y eso que no es sólo salario lo que reivindican, sino medios materiales con los que hacer su trabajo de forma eficaz. Muchos guardias están cansados y aburridos de no tener gasolina para hacer la ronda en coche, de tener que adelantar gastos de sus bolsillos que les son devueltos varios meses después, de pedir hasta folios en los ayuntamientos, de casas cuartel que se caen a trozos o de tener que andar trampeando con los talleres de la zona para que les pongan los neumáticos usados que les quitan a los coches de los vecinos. Eso por no hablar de andar sin chalecos y medidas de autoprotección mínimas. En definitiva una vergüenza y un mal pago para quienes están dispuestos a garantizar con su vida la libertad de la que otros disfrutamos.

 

La vida espartana de la milicia se la enseñaron en la academia y como tal la asumieron. De eso no cabe duda alguna. Sólo hay que ver la labor que hacen a pesar de las carencias que les hacen pasar los políticos de turno. Y en este caso no hay color que pueda colgarse la medallita de haber considerado de forma consecuente a la benemérita. Algunos casos personales aislados hubo a ambos lados de la trinchera política. Rodríguez Ibarra, quien declaró que “yo no necesito ninguna policía autonómica porque tengo la mejor, que es la Guardia Civil” llevó a cabo una labor de reforma de los cuarteles del pleistoceno extremeño, pagando los gastos que eran competencia de Defensa e Interior. Federico Trillo lo intentó también en cuestión de sueldos y en reordenación de servicios, paliando en algo las lamentables nóminas de los guardias y mandos. Pero esas gotas en el mar verde de los puestos, es claramente insuficiente.

 

Esa situación ha degenerado en manifestaciones de tricornios reclamando cosas elementales, lógicas y que apoyan todos los ciudadanos con dos dedos de frente. Y ha degenerado también, que todo hay que decirlo, en que algunos aprovechados echen las redes en el banco de los peces del descontento, para asegurarse un futuro con horas sindicales y escaqueos del servicio. Bajo las reivindicaciones justas, también se esconden los cainitas de turno, que ven el caldo de cultivo para desmilitarizar la Guardia Civil y conseguir prebendas personales. Porque dejémoslo claro. Ese movimiento de la llamada “profesionalización” que algunas asociaciones autodenominadas sindicales reclaman, es también una bomba de relojería en la línea de flotación de la existencia misma de la Benemérita. Primero porque más profesionales que son ya, es difícil serlo. Y segundo porque tras el eufemismo de la “profesionalización” se esconde el deseo de desmilitarizarla. Y un proceso de desmilitarización conllevaría lisa y llanamente la desaparición de la Guardia Civil tal y como la entendemos. Su eficacia se asienta precisamente en ese concepto militar del servicio. Sin la disciplina y espíritu de servicio del que hacen gala, esa eficacia se viene abajo. De ahí que debamos todos apoyar que les mejoren sus condiciones de manera profunda, pero manteniendo siempre su carácter militar. Porque si confundimos el culo con las témporas, nos habremos cargado uno de los mejores cuerpos de seguridad del mundo. Y eso conlleva poner en peligro las vidas y las libertades de todos los ciudadanos.

*César Román es portavoz de la Asociación Profesional de Directores de Recursos Humanos