De Hollywood a Puertochico

El colosalismo de James Cameron

Escrito por Kilian Cruz-Dunne

{xtypo_dropcap}L{/xtypo_dropcap}os retos del desafío digital han sido recogidos por múltiples directores y estudios de Hollywood pero tienen un significado especial en tres nombres concretos: los estudios DreamWorks y Pixar Animation y, sobre todo, el director y productor James Cameron. Éste, director de películas emblemáticas como ‘Abyss’ (un complejo trabajo donde la imagen sintética muestra sus verdaderas posibilidades de integración con la imagen cinematográfica), ‘Aliens’ (la provocación de la tensión y del terror no se basa sólo en el cuándo y por dónde aparecerán los monstruosos depredadores, sino en la descripción detallada de su presencia y sus ataques) o ‘Terminator 2′ (su espectacular resultado hizo que el cine tomara en serio la imagen digital).

El cine de James Cameron (‘Titanic’, ‘Avatar’) concilia con habilidad las exigencias crematísticas de los grandes estudios y el ansia por parte de la audiencia de emociones cada vez más fuertes, satisfaciendo ambas por igual. Y con ello, este ególatra cineasta canadiense afincado en Estados Unidos ha adquirido características similares a las del mítico y ahora desconocido director de la época dorada del Séptimo Arte Cecil B. DeMille. Esto es, la de estar contemplando una obra personal, parca en títulos, que emerge entre los fastos de sus megaproducciones hollywoodienses.

James Cameron estiliza al máximo la aparatosidad visual de sus efectos especiales (grandilocuentes en ‘Titanic’, apabullantes en ‘Avatar’) integrándolos sin fisuras en la construcción del relato, pero sin olvidar la continua sucesión de turbios detalles (por ejemplo, en ‘Titanic’ las imágenes fantasmagóricas de cientos de cadáveres congelados en el Atlántico), de situaciones malsanas llevadas al límite (como demuestra en el último tercio de ‘Avatar’) que componen una voluntad expresiva de gran presencia física.
Las acreditadas habilidades técnicas que él y su equipo construyen, derivan en su propio universo fabulador que alcanza su máxima expresión no sólo en sus trabajos como guionista (‘Días extraños’, ‘Le llaman Bodhi’) sino en su última realización, la plasmación grandilocuente de un discurso imaginario y ficticio a través del cual articula el nacimiento de una de las principales ideas impulsoras del siglo XXI, la emancipación del cuerpo y de la mente: el protagonista de ‘Avatar’ se libera de su inmovilidad y consigue ser él mismo gracias no sólo a su liberación física sino a su enamoramiento de otro ser.

El cine de escandaloso presupuesto, cuyo mayor anhelo es amasar dinero y pasar a la leyenda de la historia del cine con letras gruesas y doradas, alcanza con Cameron su máxima expresión, puesto que si él se interesó por el celuloide fue por la fascinación que le provocaban los efectos especiales de otros autores (‘2001′, ‘Encuentros en la tercera fase’). Así, la exigente perfección del director obliga a consumir ingentes presupuestos y genera un bucle sin fin.

Desde su formación autodidacta en la escuela de Roger Corman, James Cameron logra ser responsable del departamento de efectos especiales de New World Films, productora del mítico productor. Desde allí participa en la dirección artística de ‘Los siete magníficos del espacio’ y ‘La galaxia del terror’, y debuta con ‘Piraña 2′ (1981). Pero es con ‘Terminator’ cuando realiza su verdadera presentación como autor cinematográfico. La asociación de ideas que esboza el filme (el conflicto entre vida y muerte, entre lucha y esperanza), así como el apoyo de ésta en los efectos especiales, no abandona desde entonces una filmografía que no olvida otro ingrediente primordial del Séptimo Arte: la magia.

 

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