Fábula de dos barbudos
Érase una vez, en un país imaginario, que llamaremos, al azar, Hispania.
Érase que se era que en ese reino inventado gobernaban, alternativamente, dos barbudos. Llamémosles barbudo1 y barbudo2. Uno de los dos barbudos fingía ser de izquierdas. Otro, que por casualidad había llegado al poder, fingía que gobernaba mientras sin embargo sus hilos los movían otros. Y así, de barbudo en barbudo, pasaban los días, las semanas, y también los meses.
El barbudo2, en teoría, era un opositor férreo al barbudo1, pero todo era un entorno muy, muy, muy controlado. El barbudo2 siempre criticaba al barbudo1 con la boquita pequeña, con la de pedir un segundo plato en un menú de carretera.
Érase que un ente superior, o entes superiores en plural, ordenaban a los barbudos lo que tenían que hacer o decir. Y era ahí, en ese punto, cuando los barbudos rompieron su débil conexión con los ciudadanos a quienes presuntamente gobernaban. Los ciudadanos pensaron: ¿para qué votamos a barbudo1 o barbudo2 si nunca harán lo que les ordenamos como votantes sino lo que les mandan otros entes superiores?
Y fue ahí, ¡oh niños! donde la fábula, o el cuento, se volvió pesadilla en la que, en cualquier momento, las hormiguitas, esos obreritos de medio pelo, decidieron tomarse la justicia por su mano. Y a partir de ahí, queridos niños, todo fue parte de otra fábula.
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