De Hollywood a Puertochico

Un hombre vital

William Faulkner, fotografiado por Carl Van Vechten

Escrito por Kilian Cruz-Dunne

William Faulkner, fotografiado por Carl Van Vechten

{xtypo_dropcap}U{/xtypo_dropcap}n año después de haber recibido el Nobel de Literatura junto con John Boyd, Nobel de la Paz por su contribución a la erradicación del hambre en el mundo (¿paradójico, no?), el escritor norteamericano William Faulkner pronunció hace sesenta años, el 19 de diciembre de 1950, uno de los discursos de recepción del Premio Nobel más intensos y recordados de toda su historia.

En su discurso de aceptación, el autor de ‘Absalon, Absalon’ o ‘Desciende Moisés’ expresó en un lenguaje cristalino una visión de la literatura y de la humanidad que, en medio de la actual situación -más crítica que de crisis-, adquiere una valoración nítidamente modernizadora.

Recién salido de la devastadora Guerra Mundial y a punto de entrar en la Guerra Fría, el mundo se encontraba en una era turbulenta, lleno de terror y fatalismo ante la posibilidad de una guerra nuclear que supondría la destrucción total de la civilización humana en la Tierra.

En el marco de un tiempo donde Corea era un hecho y Vietnam algo más que una certeza, William Faulkner supo describir con despiadada agudeza y profundo pesimismo la realidad circundante norteamericana e hizo honor a su talento, tardíamente reconocido, de escritor que realiza un crudo análisis y una dura crítica social del naturalismo que caracteriza a la sociedad norteamericana de la primera mitad de siglo.

“Yo no quiero aceptar el fin del hombre. Es bastante fácil decir que el hombre es inmortal simplemente porque resistirá: que cuando la última campana del juicio final haya sonado y se haya secado el último escollo por falta de mareas en el último crepúsculo rojo, que incluso entonces habrá un sonido más: el de su débil e inagotable voz, hablando todavía. Me niego a aceptar esto. Creo que el hombre no sólo resistirá: prevalecerá. Es inmortal no porque sea la única criatura que tiene voz inagotable sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión y de sacrificio y de resistencia”.

Estas palabras, pertenecientes al discurso de aceptación que leyó hace 60 años, entroncan con los recursos novelísticos de Faulkner, a quien le importa mucho un lenguaje, depurado de términos que expresen opinión, sentimiento y subjetividad, que busca la participación total del lector.

Pilar de la prosa norteamericana a la par que icono representativo de las agrias relaciones entre la literatura y el celuloide (suyos son los guiones de ‘Tener y no tener’, 1944, y ‘El sueño eterno’ , 1946), Faulkner culminaba con su discurso una larga y fecunda trayectoria en la que la violencia terrenal y una moral perturbadora fueron marca de la casa.

“El deber del escritor, del poeta, es escribir acerca de estas cosas. Tiene el privilegio de ayudar al hombre a resistir elevando su corazón, recordándole el valor, el honor, la esperanza, el orgullo, la compasión, la piedad y el sacrificio que han sido la gloria del pasado”. Este mensaje, lleno de ética y rectitud, enlaza con su compleja personalidad (un antirracista nacido y criado en el sur de los Estados Unidos, un perfeccionista adicto al alcohol, un hombre alejado de los actos sociales pero servidor -a su pesar- de Hollywood) y exhala parte del crisol de intenciones que jalonaron su vida.

Recordado como ‘la voz del Sur’, William Faulkner denunciaba así que el marco cultural puede impedir a los seres humanos descubrir su verdadera naturaleza y su auténtica felicidad. Su ética se basaba en el individualismo más furibundo y para él la sociedad no debería indicarle al individuo cómo debería ser. Y lo hizo hasta donde pudo, por encima del alcohol, la fama, el dinero, los fracasos y del Premio Nobel que recibió hace sesenta años.

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