Un siglo lleno de magia (I)

Por Kilian Cruz-Dunne

 

Desde que el dramaturgo ruso Máximo Gorki declarara lo terrible que era el suceso que aconteció en el Bulevar de los Capuchinos de París, un 28 de diciembre de 1895, muchas cosas han sucedido a lo largo de la historia del séptimo arte. El artilugio que inventaron los hermanos Lumiére pasó de ser un mero artefacto mecánico que proyectaba brevemente imágenes de gente en movimiento a un arte en manos de arriesgados visionarios para terminar convirtiéndose en un negocio (el tercero por volumen de negocios en el país que, de momento, domina el mercado cinematográfico, Estados Unidos).

Después de labrar su construcción gracias al tesón de unos esforzados pioneros (Griffith, Eisenstein), los pilares del séptimo arte se resienten ahora debido a su endeblez, no la de contenidos sino de sus materiales: sólo ahora nos damos cuenta de que la mayor parte de la producción muda se está perdiendo debido al caduco celuloide y de que el color de los maestros de mitad del siglo XX se marchita a pasos agigantados. Hollywood se erigió pronto en la meca del cine gracias a cuatro genios tuertos (Raoul Walsh, Fritz Lang, John Ford y Nicholas Ray) y a las estrellas que surten el cielo de la meca del cine: los hoy desconocidos reyes del mudo (Douglas Fairbanks, Mary Pickford, Rodolfo Valentino) se suman a los que los grandes enemigos de la pantalla grande, televisión e internet, rescatan día tras día (Bacall y Bogart, Tracy y Hepburn, Bette Davis y Joan Crawford, etc) y a los que el cine contemporáneo trata de fabricar como en los viejos tiempos (Nicolas Cage, Megan Fox, Angelina Jolie, Bard Pitt, Leo DiCaprio, etc…).

A base de escándalos, chascarrillos y censuras se fue completando el paso del mudo al sonoro, la primera gran criba de la historia del cine y a la que seguirían otras tan dañinas como la anterior: la caza de brujas en la época del macccarthysmo, el fin de los monopolios de los grandes estudios, la llegada de la televisión, el vídeo, el DVD y, finalmente, internet. Una vez que la industria de Hollywood amasó los millones suficientes (y fueron muchos) para construir su imperio, tuvo que dedicar sus esfuerzos a combatir los enemigos que no le dejan dormir en paz. Pero, mientras tanto, sus productos lograban hacer soñar a los espectadores de medio mundo (el otro medio, desconoce lo que es el celuloide) porque si bien en un principio era Europa quien dominaba a Norteamérica, es ahora el nuevo mundo el que domina -con permiso momentáneo de India y China- comercialmente al viejo.

A pesar de que Europa trataba de resistir con nuevas tendencias como el neorrealismo, los nuevos cines de los sesenta o la resurrección británica de los ochenta, el dinero siempre se lo ha llevado Hollywood a su casa (aunque no todos los aplausos).