• 23 de mayo de 2024

Por qué me gusta el cine (I)

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Por Kilian Cruz-Dunne

{xtypo_dropcap}L{/xtypo_dropcap}a gente me pregunta a menudo por qué me gusta tanto el cine, cómo es posible que nunca me canse de visionar, observar, analizar y diseccionar películas (yo también me hago esta pregunta constantemente). Al igual que sucede con algunos títulos míticos en los que la perfección sentimental predomina sobre la imperfección técnica, la respuesta es compleja y obedece a numerosos factores.

La magia de un cine que invadía la sala de estar a través de esa caja tonta que comenzaba a imponerse en los hogares españoles de los sesenta, fue apoderándose de un niño que, al igual que otros muchos, era fantasioso a la par que tímido. Las aventuras de Errol Flynn o Burt Lancaster se convertían así en un inmejorable medio para realizar aquellas proezas que o bien no podíamos a o no sabíamos realizar. Y la posibilidad de acercarse a bellezas como Elizabeth Taylor, Gene Tierney o Lizabeth Scott era otro camino a través del cual uno podía demostrar cuán caballero y seductor era.

En la incursión en la adolescencia, los viajes y los libros más concienzudos permitían contrarrestar la creciente invasión de películas norteamericanas en la pequeña pantalla. De este modo, nuestra generación descubría nombres que pasaban desapercibidos a la mayoría como Antonioni, Kurosawa, Mizoguchi o Alain Tanner, y que los finales de las películas no eran siempre felices. Esto último se correspondía más con al vida real que empezábamos a descubrir y que nos prepararía para posteriores documentos desgarradores como los de Andrei Tarkovski.

Es por ello que el cine no aburre nunca puesto que uno no acaba de terminar de descubrir mundos particulares hasta que alguien abre compuertas. Es entonces cuando se imponía la aventura, el rito anula de viajar a festivales de cine (preferentemente el de San Sebastián), hacia esas bocanadas de aire puro conformadas no sólo de nuevos cines desconocidos (primero el japonés, después el chino, ahora el iraní y asiático en general) sino por revisiones de clásicos que nos permiten verlos de otra manera.

En esos paraísos es donde uno descubría la esencia del cine en versión original (¡ay, benditas filmotecas!), donde uno se deleitaba en las voces profundas de Lauren Bacall o Bette Davis o en las chillonas de Carole Lombard o Jean Harlow. No había más pretensión que la de descubrir sensaciones nuevas; además de la mitomanía, existía la intención de que algo nuevo nos golpease la cabeza como ocurrió con ‘La leyenda del santo bebedor’ o ‘Leolo’. Es por todo ello que me gusta el cine: el séptimo arte es una sensación que abarca desde el odio hacia los infaustos productos que proliferan en la cartelera hasta la lacrimogenia que destila cualquier obra de Chaplin o un Max Ophuls en su mejor momento.

Uno no puede cansarse de visionar cine si permanece dentro de sí un niño que tenga el don del asombro, la capacidad de quedarse absorto ante una historia cien veces vista. Sólo así es posible aguantar, como dicen mis amigos, una cinta detrás de otra. Lo que en un principio era una gracia que entraba en casa bajo el nombre de ‘Las aventuras de Bufalo Bill’ o ‘Qué bello es vivir’, con el paso del tiempo se complementa con trabajos como ‘Los puentes de Madison’ o ‘La doble vida de Verónica’.

En mi caso, no existe disyuntiva entre vídeo, DVD, televisión o cine: todo es válido si sabe utilizar bien un formato que, tanto por parte del espectador como del realizador, se convierte en una herramienta que hace válida la máxima de que «más vale una mala traducción que ninguna».

David Laguillo
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David Laguillo

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David Laguillo (Torrelavega, 1975) es un periodista, escritor y fotógrafo español. Desde hace años ha publicado en medios de comunicación de ámbito nacional y local, tanto en publicaciones generalistas como especializadas. Como fotógrafo también ha ilustrado libros y artículos periodísticos. Más información en https://www.davidlaguillo.com/biografia

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