Arte de mierda
Vivimos tiempos convulsos, extraños. Ayer, el Ayuntamiento de Santander, a través de su concejal de Cultura César Torrellas (y en última instancia, también, responsabilidad del alcalde Íñigo de la Serna) permitió que una de sus plazas más céntricas, la Porticada, se llenase literalmente de mierda.
Desperdicios artísticos y morales de una sociedad decadente que acepta cualquier cosa con el ansia de provocar, sin importar si esa actividad contiene, o no, algún valor artístico entendido como estética o como impacto masivo en la inteligencia colectiva. Una muestra, un ejemplo, quizá la punta del iceberg, de un sistema social que se asienta sobre todo tipo de basura, incluyendo la basura económica, la basura política, la basura moral, y también la basura artística, en forma de arte de mierda.
Existen muchas formas elegantes y estéticas de hacer una crítica mordaz a nuestra enferma sociedad. Estamos de acuerdo en que existe un valor conceptual en el fondo de la propuesta que situó a un hombre en calzoncillos, con su televisión y su sillón, sentado sobre una montaña de mierda. El valor simbólico de la escena es evidente, pero la forma no es apta para extender el mensaje que se pretende transmitir hacia toda la sociedad.
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